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Pilotar un coche teledirigido por un circuito improvisado de conos o una pista de tierra dedicada, derrapando en las curvas y saltando a toda velocidad — una afición rápida que recompensa los reflejos y da a padres e hijos el mismo derecho a fanfarronear.
Dejarse llevar por la corriente tranquila de un río sentado dentro de un enorme flotador inflable, remando perezosamente con las manos para dirigirse — una actividad acuática relajada y sin esfuerzo que permite a padres e hijos flotar, charlar y salpicarse durante toda una tarde.
Compactar arena húmeda en torres, fosos y almenas con cubos y palas, y luego decorar el resultado con conchas y banderines de algas — una competición de construcción en la playa donde la marea es el único plazo y la imaginación el único límite.
Cortar, organizar y pegar fotos, entradas y papel decorativo en un álbum de recuerdos que cuenta la historia de un viaje o de todo un año — una actividad creativa y tranquila que convierte los recuerdos en algo que padres e hijos pueden hojear juntos.
Mezclar pegamento, agua y activador para crear un slime elástico y blandito, y luego personalizarlo con purpurina, bolitas de espuma o color — una manualidad gloriosamente desordenada con un toque de química que a los niños les encanta hacer y a los padres ver (a una distancia prudente).
Deslizarse por una ladera nevada en un flotador inflable y subir de nuevo en un telesilla para otra bajada — una actividad invernal sencilla y muy divertida, apta para casi cualquier edad.
Sujetar amplias raquetas de nieve a las botas y caminar por nieve profunda que de otro modo sería imposible cruzar a pie — una caminata invernal de ritmo constante por senderos silenciosos y nevados, lo bastante suave para que los niños sigan todo el recorrido.
Construir con tu hijo un carrito propulsado solo por la gravedad para luego lanzarlo cuesta abajo contra el reloj o contra otros equipos — un proyecto práctico de ingeniería que termina en un día de carreras sin motor lleno de adrenalina.
Curiosear en las tiendas de regalos de la terminal en busca de postales, imanes o bocadillos locales para llevar a casa — un pequeño ritual que marca el final o el inicio de un viaje.